Audiolibros LibriVox
La princesa y el granuja
- XIII -Discurrieron por los salones en parejas. Migajas daba el brazo a su consorte.
-¡Es lástima -dijo ésta-, qu…
Rompecabezas
- I -
Ayer, como quien dice, el año Tal de la Era Cristiana, correspondiente al Cuál, o si se quiere, al tres mil y pico de …
La mula y el buey
La conjuración de las palabras
Érase un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua Castellana, de tamaño tan colosal y fuera de medida, que, al deci…
La enemistad de las cosas
Arqueó su boca al bajar los ojos sobre la tricota azul que llevaba puesta. Desde hacía días, una aprensión inme…
El rival
Tenía los ojos, más bien dicho las pupilas, cuadradas, la boca triangular, una sola ceja para los dos ojos, una desviaci&oacu…
El remanso
La estancia El Remanso quedaba a cuatro horas de tren, en el oeste de Buenos Aires. Era un campo tan llano que el horizonte subía so…
El verdugo
Como siempre, con la primavera llegó el día de los festivales. El Emperador, después de comer y de beber, con la cara …
La alfombra voladora
Enamorados caminaban sobre una alfombra de pétalos,
tan suave que una nube del mismo color
comparándola con esa alfombra
hubi…
El caballo muerto
Sentían que llevaban corazones bordados de nervaduras como las hojas, todas iguales y sin embargo distintas en las láminas de…
El sillón de nieve
Por el camino de la montaña que llega a Megéve, en el mes de enero, en pleno invierno, avanzaba el automóvil, como sob…
Con pasión
Hasta después de su pubertad, nadie advirtió la pasión que la dominaba: el deseo de inspirar compasión. Y ese d…
La luna nueva
Quiero hacerte un regalo, hijo mío, pues la vida nos arrastra a la deriva.
El destino nos separará, y nuestro amor será…
La duquesa y el joyero
Vida del Buscón
Capítulo VI
En que prosigue el camino y lo prometido de su vida y costumbres
«-Lo primero ha de saber que en la Corte hay siemp…
A un marido cornisufrido
Cornudo eres, fulano, hasta los codos
Y
puedes rastrillar con las dos sienes;
Tan largos tendidos cuernos tienes
Que, si no los …
Dícenme Don Jerónimo
Dícenme, don Jerónimo que dices
Que me pones los cuernos con Ginesa;
Yo digo que me pones cama y mesa, …
El origen del mal
En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión d…